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A medida que pasa el tiempo y nosotros nos hacemos “mayores”, la piel empieza a hacerse más sensible, se vuelve más delgada, frágil, produce menos colágeno y por lo tanto es más susceptible a los factores de envejecimiento. Eso es algo que escuchamos siempre en los comerciales de televisión sobre productos de belleza.

 

 

Para retrasar un poco lo inevitable hay ciertas recomendaciones básicas: tener un régimen de limpieza de piel adecuado, beber mucho líquido, seguir una dieta balanceada y realizar actividad física.

Pero, ¿qué hay de los hábitos que propician la aparición de las arrugas? He aquí algunos:

No quitarse el maquillaje. El no tener la costumbre diaria de quitarse el maquillaje e ir a la cama con él es un mal hábito que va dañando y favoreciendo gradualmente el envejecimiento de la piel.

El estrés, el enojo, las preocupaciones aceleran la aparición de las arrugas, favorecen las líneas de expresión y las famosas “patas de gallo”. En contrapartida la relajación y los placeres apacibles, ayudan a mantenerse con aspecto más juvenil.

La mala alimentación es también un factor muy importante. Llevar una dieta alta en grasas tiene efectos negativos en la piel. Lo ideal es mantener un régimen alimenticio saludable que incluya los nutrientes esenciales y obviamente la cantidad de agua necesaria para su hidratación.

La exposición a bajas temperaturas así como vientos fríos y agitados,estropea y reseca la piel perjudicándola, dando la apariencia de que el tiempo está haciendo de las suyas. Por ello, se recomienda el uso de crema hidratante para protegerla así como para compensar los efectos negativos del frío.

Las desveladas y falta de sueño es otro de los hábitos que resultan perjudiciales tanto a nivel estético como mental. Esto repercute negativamente en el organismo y se refleja de forma inmediata en la piel del rostro con la aparición de bolsas y ojeras, que con el paso del tiempo pueden ser permanentes.

El consumo frecuente y excesivo de alcohol favorece la dilatación de los vasos sanguíneos pequeños de la piel e incrementa el flujo de sangre próximo a la superficie cutánea. Al pasar el tiempo, dichos vasos pueden resultar dañados de manera definitiva y el rostro verse enrojecido por el resto de la vida.

Otro error común es aplicar protector solar únicamente en el rostro y se descuidan otras zonas corporales que están muy expuestas como las manos, que además son muy susceptibles a los rayos ultravioleta, las manchas y los signos de envejecimiento.