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Ser feliz, anhelo humano por excelencia, es un estado que demanda equilibrar aspectos psicológicos, físicos, mentales y sociales.

Las investigaciones aseguran que es una experiencia que varía para cada persona según cómo se sientan y la armonía con la que vivan.

En este contexto, las buenas relaciones familiares son definidas por muchos como una fuente importante de felicidad, más allá del dinero, el trabajo o las buenas condiciones materiales. Dado que la familia puede proveer los insumos necesarios para establecer vínculos afectivos fuertes, estables y gratificantes que lleven a experimentar la sensación de amor, seguridad y protección incondicional.

Esto se traduce en un estado general de bienestar emocional y percepción de satisfacción.

Pero la felicidad familiar no es una condición dada. Sacar adelante un proyecto afectivo conjunto y crecer positivamente como familia no ocurre solo ni de manera espontánea. Es algo que se conquista día a día con esfuerzo, decisión y voluntad.

Influye desde tener cubiertas las necesidades básicas, sentirse querido y aceptado, hasta realizar una labor con dedicación y compromiso, ver cumplidas las metas o disfrutar los buenos momentos.

Vivir bien en familia es el resultado de un proceso de aprendizaje que exige que cada uno de sus miembros se esfuerce por identificary poner en práctica actitudes que permitan desarrollar el talento familiar y su gran capacidad para experimentar amor, ternura, consideración y empatía de manera constructiva.

La felicidad familiar pasa por entender que las personas son diferentes, y esto no tiene que ser una razón de distancia y confrontación.

Que la alegría, la ilusión, la esperanza y el regocijo hacen parte de su dinámica, pero también la tristeza, el agobio, la rabia, el dolor o el sufrimiento.

Igualmente, en entender que el conflicto hace parte de la dinámica de todas las familias, pero que es posible hacer inversiones inteligentes y positivas para la resolución de los problemas y elegir la forma más efectiva, sencilla y menos costosa de entenderlos y manejarlos.

La buena vida familiar está lejos de ser perfecta. A lo que nos enfrentamos a diario en la convivencia es a diferentes circunstancias que ponen a prueba el amor, la paciencia, la tolerancia y la capacidad de autocontrol de cada miembro de la familia. La clave está en alcanzar el equilibrio cuando tenemos dificultades.

El reto de llevar una buena vida familiar radica más en una visión optimista y amable, al igual que en los recursos de la familia.

La buena noticia es que la mayoría de las veces no se necesita hacer grandes cambios, se trata más bien de acciones sencillas, de prácticas cotidianas y positivas, como reconocer y apreciar las cosas buenas de la familia, generar buenos ratos compartidos, dar apoyo y compañía en los momentos difíciles, promover encuentros amables en familia, mostrar interés por el otro, cuidarse mutuamente o disminuir el estrés.

Esto sumado aumenta la probabilidad de felicidad.

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